THE DEATH OF TRUTH

El mundo es un lugar terrible. —Piensa en Grande, Donald Trump

La cosa es que mi propio valor fluctúa, cae arriba y abajo
con los mercados y las actitudes y los sentimientos,
incluidos los míos, pero lo intento. Los estudios muestran

lo mucho que lo intento. La mera fuerza de los números. El techo
se tambalea bajo su peso, lo que sólo viene a demostrar—que toda la ciencia
está conmigo. Si quiero más, hago un pedido. Canto

el mac con queso corporal, bien frito: la receta personal
de Tom Jeerson. Y la hemos mejorado, como el Taj Mahal.
La octava maravilla del mundo. Pon diamantes sobre mis íes

y ahí me tienes. La ensalada Cobb más guapa de todas.
Palabrita del mismísimo Ty Cobb. Pongo a Roseanne por testigo.
Una carta preciosa. No la he abierto. Bien visto

y en total ausencia de impedimentos. Piernas de gimnasta
desde aquí hasta Venus. Debería darle un buen lavado de cara.
Una vez organizado ya no es crimen, son negocios.

Dejad que los bienes raíces se acerquen a mí. Dejad que un planeta vuelva
a ser real; venid. La Biblia cuenta que Ananías vendió unos terrenitos
para hacerles un regalo en metálico a los apóstoles, y fue una pena.

Bastante mala idea. No tenían cabeza
para lidiar con sus matices. Todo lo que fuera
propiedad privada ponía a Pablo de los nervios. El tipo no estaba listo.

No me malinterpretes: no soy yo. Ananías se guardó
un poquito para sí, por la familia. Nada que tú o yo
no hubiéramos hecho. Cuando hizo entrega de su regalo a Pablo, Pablo

no quedó muy satisfecho. Preguntó dónde estaba el resto y por qué
había permitido Ananías que el diablo se instalara en su corazón.
El diablo alquila. Eso he oído. Dijo que mentir

sobre aquello no era mentirle a él, sino al Espíritu Santo,
y boom! Ananías la palmó. Cayó muerto sobre la alfombra o
más bien el suelo de tierra a esas alturas. Si por mí fuera, votaría alfombra,

pero es que yo soy así. ¿He dicho Pablo? Fue Pedro. Pedro,
Pablo. Lo mismo da. El caso es que enredaron a su
mujer, acto seguido, y la pusieron a prueba. No lo hizo mucho mejor.

Muerta también, también sobre el suelo. La moraleja de esta historia es:
No sueltes prenda. Sólo hazte de cosas. Miente siempre para
mentir mejor, vive más tiempo. Métete el diablo por la nariz

y deja que acampe en tu corazón. Menosprecia lo que no puedas conseguir,
abiertamente y en público. Que no vale nada, como los imperdibles.
No, gracias. Cosas de perdedores; perdedores como el burro

azul ese, el inútil de los dibujos. Nadie puede ver esa cola
y después tomarte en serio. Exhíbete como una obra de arte
hasta que estés chapado en oro. El arte miente todo el rato y mira: no pasa nada.

 “La muerte de la Verdad” de Timothy Donnelly 

CUMPLEAÑOS de Henri Cole


Cuando era niño, llamábamos castigo
a ser encerrados en un cuarto. El aparente
desentendimiento de Dios por los asuntos del mundo
parecía imperdonable. Esta mañana,
al subir los cinco pisos hasta mi apartamento,
recuerdo la iracunda voz de mi padre
mezclada con ansiedad y amor. Como siempre,
la posibilidad de un hogar—a lo sumo una utopía—
permanece ilusoria, así que leo a Platón, para quien el amor
no ha sido vejado. Me echo sobre la alfombra,
como fertiliza un gusano, y comprendo cosas
de las que no tengo conocimiento empírico alguno.
Aunque la puerta esté cerrada, soy libre.
Como un mapa obsoleto, mis fronteras están cambiando.

Traducción de Diego Zaitegui

AMBULANCIA de Henri Cole


La amabilidad había recorrido una gran distancia para estar presente,
pensé, mientras los enfermeros contenían la sangre caliente,
comunicándose entre ellos con los ojos.
Yo no era como era yo, y no sabía por qué,
pero era consciente de un colapso, de un imprevisto,
moviéndose bajo el influjo de una fuerza restauradora.
Como un abanico japonés al plegarse, mi espíritu parecía poseído
de una existencia tan sencilla, la cuestión sexual
alejada del centro, al igual que la memoria.
Me sentí como la personificación de un abstracto,
como la misericordia. Mis manos estaban rojas e hinchadas.
Una gran cadena, el espasmo de mi vida, arrastrada contra el declive.
Entonces oí unos gritos. A lo lejos, relinchó un caballo.
Contuve mis lágrimas mientras era izado hacia delante.

Traducción de Diego Zaitegui

SOBRE SER GALANTE de Frederick Seidel

Las camisas se agotan a sí mismas de ser vestidas.
Los trajes se ajustan a la perfección,
pero un hombre se esfuerza
décadas en hacer flexiones y ya no encaja.
Me saco a cenar.
Es una gozada sentarse a solas
sin un libro.
Me consumo estando a gusto mientras ceno.
Soy resultado de un conserje del Carlyle.
Pido una botella de Burdeos.
Soy un bulevar de elegancia
en mis restaurantes de confianza.

La luna viene a mi mesa.
Todo en ella es típico.
Me gusta su forma de hablarme.
Todo en mí es a medida.
Tú no eres
conocido, y tú no eres un don nadie.
Te recuerdo de antes.
A veces no salgo al día hasta el final del día.
Simplemente me olvido hasta
que salgo corriendo, con miedo a que el día se acabe.
Todo árbol de acera está desesperado
por alguien.

El desierto en esta época del año
son tropas camufladas de desierto.
Traed los cazas no tripulados.
Ceno con mi sonrisa del Carlyle.
Ella me dice que la primavera está al llegar.
La luna pasa por mi mesa
para decirme.
Voy a sacarte el corazón
y a beberme los rubíes y a comerme el coral.
Me gusta la hembra por su coral.
Voy al Carnegie Hall
para hacerle abrir la boca sobre el escenario y gritar.

Traducción de Diego Zaitegui