OIL & STEEL

Mi padre vivía en un mausoleo de platos sucios
mirando un televisor portátil en blanco y negro
y leyendo la enciclopedia Britannica
que anteponía a la ficción moderna.
Sus Schnauzer murieron, uno tras otro
afectados por un mal hepático;
todos menos el que custodió su cadáver
que encontraron sosteniendo un vaso de Bushmills.
“Lo muerto, muerto está”, diría él, el anti-predicador.
Me llevé una camisa a cuadros de su armario
y algo de aceite de motor: mi herencia.
Una vez lo vi llorando en un juzgado;
desaliñado, falto de cuidados; ese hombre que nunca
me mostró mucho afecto, pero que me dio una cierta maña
para con la soledad que me ha resultado más bien útil.

Aceite y acero, de Henri Cole

CUMPLEAÑOS de Henri Cole


Cuando era niño, llamábamos castigo
a ser encerrados en un cuarto. El aparente
desentendimiento de Dios por los asuntos del mundo
parecía imperdonable. Esta mañana,
al subir los cinco pisos hasta mi apartamento,
recuerdo la iracunda voz de mi padre
mezclada con ansiedad y amor. Como siempre,
la posibilidad de un hogar—a lo sumo una utopía—
permanece ilusoria, así que leo a Platón, para quien el amor
no ha sido vejado. Me echo sobre la alfombra,
como fertiliza un gusano, y comprendo cosas
de las que no tengo conocimiento empírico alguno.
Aunque la puerta esté cerrada, soy libre.
Como un mapa obsoleto, mis fronteras están cambiando.

Traducción de Diego Zaitegui

AMBULANCIA de Henri Cole


La amabilidad había recorrido una gran distancia para estar presente,
pensé, mientras los enfermeros contenían la sangre caliente,
comunicándose entre ellos con los ojos.
Yo no era como era yo, y no sabía por qué,
pero era consciente de un colapso, de un imprevisto,
moviéndose bajo el influjo de una fuerza restauradora.
Como un abanico japonés al plegarse, mi espíritu parecía poseído
de una existencia tan sencilla, la cuestión sexual
alejada del centro, al igual que la memoria.
Me sentí como la personificación de un abstracto,
como la misericordia. Mis manos estaban rojas e hinchadas.
Una gran cadena, el espasmo de mi vida, arrastrada contra el declive.
Entonces oí unos gritos. A lo lejos, relinchó un caballo.
Contuve mis lágrimas mientras era izado hacia delante.

Traducción de Diego Zaitegui