FINGERS ON A GAY MAN

Un par de chavales agarran un conejo para cortarle las orejas. No importa la razón, si están tristes o son de ciudad. Lo que importa es lo que hacen con sus manos: sostener la cuchilla, sujetar el conejo de las orejas. Pero el conejo dice, “Conocí a un sacerdote ambulante en Mississippi, frente a una macrolibrería. ¿Queréis saber lo que dijo?” Y como los chavales se paran a pensarlo, él continúa: “Se nos hizo de noche hablando de todo y nada: de su exmujer gay aficionada a la brujería, de masturbación con el tubo de la aspiradora, de su fijación con el vello en las piernas de los chavales… ¡Como vosotros!” Les entra la risa y sueltan alaridos, posan al conejo en el suelo, y escuchan. “El sacerdote, de rosario y alzacuellos, habló, pero con su cara transmutada: le salieron pecas donde antes no había peca alguna; le salió barba donde antes sólo había barbilla; y sus ojos se volvieron más antiguos que todos los lagos de Mississippi”. ¿Qué dijo? ¿Qué dijo? Exigen los chavales, ansiosos de aprender, más que nada. El conejo continúa, “Las caras hablaron, no el sacerdote, mediante voces directas a mi cerebro. Me inculcaron lecciones. La primera, que toda alma no es más que un hilo, parte de un paño que flota a través del negro absoluto, efervescente como la nieve al hundirse en un lago. Así que vosotros, y yo, y todos aquellos a quien conocemos no somos más que iteraciones de esas almas, de esos paños; algunos recién tejidos, otros más viejos”. Los chavales: ¿Qué más dijeron las caras? El conejo: “Dijeron que tanto ellas como yo venimos del mismo paño, del tipo que muere y vuelve a nacer”. ¿Y qué hay de nosotros? ¿Qué hay de nosotros? Exigen los chavales, y el conejo da un salto y huye corriendo porque los chavales tienen un cuchillo y son incapaces de reconocer una parábola o mi cara, por muy humana que sea.

Dedos sobre un varón homosexual, de Zach Linge